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lunes, 11 de julio de 2011

LA FOTO DE FILMUS (texto de mi hija: el corazón caliente y la mente fría)

La foto está movida, sí... pero me gustó que muestra un Filmus que aún estando casi 20 puntos abajo, está contento y lo muestra sin tener una actitud derrotista...
Escribo esto porque siento que pasaron muchas cosas...
Y acompañar a Filmus como se debía creo que fue algo que faltó de todas y todos los que estuvimos en la campaña y por eso los números de la elección y no porque CABA sea gorila...
No podemos pensar que la mayoría es de derecha, ignorante, cagadora, porque entre esa gente están nuestros amigxs, compañerxs de laburo, de facultad, vecinxs, etc, etc y tenemos que aceptar que la gran mayoría no es así...
Todavía quedan valores (reales, no como los que plantea la fascista de cynthia hotton) en la gente y cuando nos pasa algo, podemos recurrir a alguien y no tener que bancárnosla solxs y no hablo de gente cercana a unx, cuántas veces en la calle necesitamos ayuda y desconocidxs nos ayudaron? seguramente muchas más de las que no la recibimos y eso no pasa en muchos países de Europa o mismo de América latina, donde se perdió el significado real de la solidaridad, amistad, o un simple respeto por el otro... recordemos que venimos de las dictaduras, del menemismo, del 2001, de estar siempre en contra del gobierno, para de pronto que eso se dé vuelta en el 2003 y estar bancando al gobierno con todas las letras, o no es así? cuando ganó Cristina muchxs conocidxs dijeron "es la 1era vez que voto por un candidato que ganó" y era porque desde el 73 que muchxs no habían encontrado alguien que representara las necesidades del pueblo como lo hizo el peronismo en el 45...
A qué voy entonces? en que hay que ganar la campaña primero que todo bancando con toda nuestra fuerza a nuestro candidato Daniel Filmus, porque es un tipo que está con nosotrxs desde el 2003 y lo tenemos para pelear contra Macri, porque aunque muchxs querían que se baje y no pelee, va a dar batalla en el Ballotage y porque estamos construyendo un proyecto Nacional y Popular que si no pensamos que cada minuto cuenta, la derecha nos gana de mano, porque tiene el poder económico y mediático para ganar...
Así que mañana todas y todos los que NO queremos que siga Macri y queremos que Filmus gobierne, dediquémonos a hablar bien con la gente que nos rodea, con nuestrxs vecinxs, comerciantes, etc, para que nos diga porque no lo voto a Filmus y nosotrxs contarle porque sí debería hacerlo, en un debate en el que no nos creamos iluminadxs , si no militantes de un proyecto que incluya a todas y todos, con las diferencias y complejidades que tiene la ciudad que amamos!
Porque realmente yo puedo putear a ésta ciudad por muchas cosas, pero sé que en ningún lugar me sentiría tan bien como acá, como dijo Daniel "es la ciudad de 1810, del 45, que le resistió a las bombas del 55, del 73 y la que se llenó para despedir a Néstor"...
Sigamos aunque no ganemos en segunda vuelta, sigamos...
Pensemos que nosotrxs somos jóvenes y vimos pocas derrotas, no vimos golpes (por suerte y hablando de nuestro país obviamente), aunque sí intentos que ya quedó demostrado que el pueblo no aprueba...
Pensemos que las generaciones de los 60, 70 o anteriores vieron caerse y revivir a la Argentina varias veces y la sigue peleando día a día, entonces nosotxs cómo no vamos a hacerlo? yo lo hago principalmente por mis viejxs, porque hasta el día de hoy, agradezco que habiendo luchado en los 70, perdido tantxs compañerxs, perdido tantos años en la cárcel y tantas esperanzas, viendo genocidas sueltos, tanta impunidad en un momento de nuestra historia, hoy sigan militando al lado mío y no haber bajado nunca los brazos y tampoco dejarme a mí hacerlo... así que por ellxs que dieron y siguen dando todo, yo también lo voy a seguir haciendo, porque venimos para quedarnos y construír una ciudad, provincia y Nación para todas y todos!

jueves, 28 de octubre de 2010

EL FLACO PASA LA BANDERA


Hoy ha muerto Néstor. El mejor de nosotros ha muerto

Evita murió cuando yo tenía dos años.
No lo supe entonces, pero en toda mi vida su muerte estuvo como algo íntimo, mío. Cada actitud que le conocí me traía lo injusto de perder a alguien tan valioso como para que me doliera su muerte sin haber estado nunca en su presencia
Recuerdo, a mis cinco años, estar en un pasillo jugando con mi hermano y mi abuela materna que entra y dice: “cayó por fin”. Esa noche hubo festejo en nuestra casa y mi viejo se fue con una vergüenza y un odio que le duraron más que el mes que tardó en volver. Esa vez no se habló de muerte, pero algo en el aire la anunciaba. Tampoco esa vez lo supe, pero se había abierto la puerta a los asesinatos de Valle, Cogorno, los compañeros de León Suárez y tantos otros.

Más tarde, cuando comencé a saber de estos asesinatos tal vez mi viejo pensó que ya podía compartirlo conmigo y me habló del día que estaba pintando con su amigo Rolando un departamento en la Avenida de Mayo y de golpe cayeron las bombas en la Plaza. “Y la gente escapaba, pero muchos se paraban y daban vuelta para ver qué pasaba y se quedaban ahí, olvidados de las balas”, me dijo. Después supe que vio lo que nunca me contó, quizás porque no podía soportar ese recuerdo, quizás porque en su ilusión de padre quería creer que yo nunca tendría que ver tantos chicos, mujeres, hombres, vueltos carne y sangre salpicada en las calles y paredes de la Plaza.

Recuerdo el vagón del Sarmiento ese 9 de octubre de 1967, cuando ya militaba en Filosofía y Letras, sin conocer mucho de la historia que ahora me pesa. Recuerdo, digo, que el titular de Crónica me hacía saber que habían matado todas mis ilusiones en un oscuro paraje de Bolivia. Pero el Che, tirado en la angarilla, los ojos abiertos muertos como todo su cuerpo, aparecía más vivo que sus asesinos y me devolvía con creces mis sueños a condición de poner el cuerpo como él lo puso.

Y las lecturas de aquel tiempo. Saber de la muerte de Tupac, la de Dorrego a manos de Lavalle, la cabeza del Chacho en la pica para felicidad de Sarmiento y los dueños de la tierra, ya lanzados a una vorágine que multiplicaría muertes en el genocidio originario, el de Paraguay, la semana trágica, los fusilados de la Patagonia. Todos asesinatos, de a uno, de a miles, muertes que, por esa cosa de estar en carne viva que te da la militancia, dolieron como si fueran mis contemporáneos, como si hubiera vivido en la costumbre de compartir sus voces y sus ansias y de golpe el silencio, la corrupción, la memoria que duele cuando nos trae a alguien que ya no está con nosotros. Y también San Martín muriendo en el culo del mundo, s0lo en Boulogne Sur Mer mientras acá el poder esperaba justamente esa muerte para hacerle los honores que le negó en vida. Y la de Rosas, a quien, como alguien dijo hoy, le debemos que nuestro país no sea un rosario en pedazos.

Recuerdo la última imagen de Rodolfo Ortega Peña vivo, su mirada entre sonriente e inquisidora y yo saliendo de la redacción de la revista “De Frente”. Un pibe parte de la oficina del diputado del pueblo a la tarde y a la noche se hace hombre frente a un cajón que no es Ortega ni es nadie. Como no eran nadie los cuerpos quietos, algunos quebrados, otros despedazados, otros simplemente muertos pero apoyados en un árbol, de costado en el pasto, sembrados en las cercanías del Puente 12, cuando la derecha decidió que la primavera camporista se terminaba. Y otros titulares de diario que me dijeron que Chejolán, dirigente villero que ya nadie recuerda, fue asesinado a metros de la casa de gobierno y Mujica asesinado días después al salir de su parroquia.

Y la cola interminable bajo la lluvia que, tras amenazar toda la noche, por fin se decidió a caer sobre los cientos de miles que esperábamos camino al Congreso aquel primero de julio. Otra vez nos esperaba un cajón en el lugar en que esperábamos encontrar, más que a Perón, un poco de esperanza, las ilusiones, el ardor de estar haciéndola y poder seguir.

Y el negro Honores, Manuel, Analía, el Chacho, Marito, Tito, la Perro, Valentín, el Fedayín, los veintidós de Margarita Belén, mis compañeros , mi familia, mi mundo arrasado en el proceso. Y los treinta mil que no entrarían en este texto. Y Néstor Perlonguer, que me alegraba con su ácido e ingenuo humor en los ´70, pero murió en Campinas, exiliado, antes que yo puediera verlo.

Y sigo, mes a mes, año a año, los días que he vivido. Y los que ya habían sucedido cuando nací, recuerdos de mis mayores que también me tocó sufrir y disfrutar porque mi pueblo tiene memoria, aunque a veces quieran arrasarla. Encuentro que cada día de la increíble gesta de mi pueblo estuvo y está signado por la muerte. Muerte y epopeya, eso somos.

Hoy ha muerto Néstor. El mejor de nosotros ha muerto y es antes que nada una injusticia. Siento que la bronca y la perplejidad se anteponen al dolor y a las lágrimas las postergan las preguntas.

En la Plaza, rodeado de pibes que no vivieron casi ninguna de las muertes que me invaden, veo en la TV al Flaco, aún vivo y presidente, que comenta a un periodista: “sólo me interesa que el día que me vaya la gente me dé las gracias”.

¿Cómo darle las gracias a quien lleva su entrega militante hasta el punto de morir? Recogiendo su bandera, nos dijo Evita.

La Plaza se llena de banderas y renueva la epopeya de vida de mi pueblo, siempre por encima y por delante de la muerte.

En la TV se recortan Néstor y Cristina. El guiño del Flaco lo revive, lo vuelve a nosotros para que nos plante una bandera: ABRACEN A CRISTINA, ACOMPAÑENLA HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE.