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jueves, 21 de febrero de 2013

MEMORÁNDUM CON IRÁN: Media sanción y una oposición perdida

Ninguno de los caídos en la AMIA y la Embajada de israel se merecian un solo segundo de las intervenciones de los senadores opositores.
Tampoco sus familiares, sus amigos. Ni un solo habitante de este país se merecía que más de 30 senadores se sostengan en la falta de argumentos, la desconfianza, la duda, la mentira, la difamación, el desconocimiento como fundamento del rechazo.
¿A qué reducen su representación institucional cuando los moviliza esa mezcla de resentimiento, código mafioso, un occidentalismo jurásico y un cinismo posmotodo?
Si no se los conociera uno pensaría que pretendían declarar la guerra a Irán o promover una revolución antiayatoláhs desde Buenos Aires. Se compraron el personaje de tal modo que a cada rato tropezaban con su incontinencia: "traición, incoherencia, cesión de soberanía, simpatía por un régimen represivo, negocios económicos, misiles, punto final. De todo fue acusado el oficialismo. Siempre desde la autorreferencia de quien no reconoce responsabilidad alguna.  Hasta hubo quien pretendió que hablaba "en nombre de los familiares de las víctimas".  
Es difícil festejar entre tanto crimen pendiente, entre tanta la carne podrida y tanta maniobra para borrar rastros y crear pistas falsas en pos de usar el atentado para saldar disputas de poder a nivel mundial.
Pero la media sanción es un paso adelante. Ganó la racionalidad, la ampliación de legalidad y derechos, la memoria y -tal vez- la justicia. Perdió el negocio, la especulación,  la actitud pusilánime, el seguidismo a la corporación mediática.
Tal vez no se pueda avanzar tanto como todos querríamos, pero destrabar la acción judicial es el paso que se necesitaba. Como en los juicios por el terrorismo de Estado. Nos lo debemos y nos lo merecemos.
Queda también la vergüenza ajena por ver esa trsite caricatura de partidos que décadas atrás, muchas por supuesto, tuvieron algún interès nacional, o proclamaban la honestidad y la justicia como banderas innegociables. No es sólo que han camb iado sus dirigentes: han quemado todas sus banderas.
Se dice hace años, con razón, que nuestra institucionalidad necesita una oposición que defienda sus principios con honestidad, compromiso con la democracia, independencia de los factores de poder. Pues bien: no la hay.
Tampoco podemos inventarla y esto implica dos riesgos. Uno, el de suponer que la realidad pasa por el debate que nos propone esta oposición que hoy tenemos. Otro, que esa mediocridad sin ánimos ni esperanza alguna nos haga perder de vista, aunque sea por un momento, el grandioso proceso que venimos protagonizando hace 11 años.
Para uno y otro problema no hay alquimias posibles, sólo abrir el debate a cada vez más sectores y confiar en que una mayor participación popular enriquezca nuestra vida política y abone el desarrollo de una dirigencia política a la altura de nuestro pueblo y de la gesta de reparación, inclusiòn, desarrollo y soberanía iniciada en 2003

viernes, 16 de noviembre de 2012

PALESTINA: no hay neutralidad frente al genocidio

Las principales cadenas del mundo difunden el video: un automóvil avanza por calles de Gazha. Los subtitulados indican que el móvil conduce a Ahmed Yabari, al que el gobierno de Israel identifica –y las cadenas lo repiten- como “comandante del brazo armado de Hamás en Gaza, las Brigadas de Ezedín Al Kasem”.  Y agregan - unos afirmando, otros repitiendo- que Ahmed “tenía las manos cubiertas de sangre”.
Una pausa en el pensamiento, pausa que no permite la visión directa del video: Hammás fue elegida para gobernar a los palestinos en elecciones. Yabari, en cualquier país, sería reconocido como “comandante de las FFAA” o “Ministro de Defensa” del gobierno palestino. Lo de las manos y la sangre: si se gobierna un país agredido por décadas, muchas de las decisiones que se tomen causarán muertes: como ordenan asesinatos sin ser agredidos Obama, Merkel y todos los que motorizan las operaciones militares en Medio Oriente y el resto del mundo.  
Vuelvo a la pantalla: una llamarada que corona en una nube de humo ocupa el lugar del automóvil y todo termina. La vida de Ahmed Yabari es la que termina con la detonación de un misil dirigido por computadoras. Y las cadenas subtitulan “escalada de violencia, el gobierno de Israel anuncia una operación militar en la Franja ante la escalada de violencia”. De todos modos hay una novedad. Hasta La Nación titula "asesinato" lo que habitualmente es titulado "ejecución", "muerte", etc.
Dejo de lado el discurso de las cadenas de medios y me quedo en los comunicados que firma Netanyahu: agrede y se victimiza, asesina pero acusa de asesino a la víctima, prepara una invasión pero afirma que es para detener la violencia.
Entiendo, es discutible pero es mi opinión, que el pueblo judío construyó su cultura milenaria sobre dos mitos: su afán por la verdad y ser el pueblo elegido del dios único. Esa tensión recorre el conocido como Viejo Testamento, para quienes padecimos el catolicismo, emerge en sus textos, ora en una comunidad que se rehace en cada diáspora, ora en un afán de conocer que ha teñido a toda la humanidad, ora en una violencia que, salvo excepciones, se vuelve contra sus integrantes en  nombre de una verdad que impone la elección divina.
Todas las culturas se asientan en tensiones similares, pero pocas como la judía,  sufrieron esas tensiones han sufrido en carne propia en experiencias desgarradoras, sangrientas. Cuesta entonces entender cómo la búsqueda de verdad se convierte en la propaganda militarista de Israel, cómo la violencia se instala como la forma de relación con los vecinos a quienes se identifica como enemigos, cómo se reprodujeron y perfeccionaron los mismos instrumentos del Holocausto –estigmatización, supresión de identidad nacional y étnica, terror, campos de concentración, genocidio- para imponer a Israel sobre los palestinos.
Algún día habrá un análisis serio de la particular combinación que constituye el Estado de Israel: estado policial respecto a un pueblo inmediato invadido y una mentada democracia interna que sostiene el genocidio palestino, militariza todas las relaciones en todos los ámbitos de Israel, hace pública y legal la tortura, el asesinato, y todo avasallamiento del derecho de los agredidos.
Pero hoy por hoy hay algo más acuciante. Esta  no es una etapa más del genocidio.
Con Libia invadida, los países árabes bajo crisis en general inducidas -o suplantadas por invasiones, ejércitos mercenarios y terror, como en Libia- los EEUU avanzan en la ofensiva contra Irán y el control definitivo de cuencas petroleras y territorios estratégicos. Y  su aliado, el gobierno de Netanyahu se quiere llevar puesto al pueblo palestino a la vez que reafirmar su carácter de gendarme de Medio Oriente.
En tanto se producen avances y retrocesos en pos de una guerra que puede disparar una escalada bélica mundial, la mentada alianza entre ortodoxos y militaristas que se dice gobierna Israel parece no tener oposición interna de peso en su camino al exterminio palestino. Vale la pena repetirlo: una comunidad que durante milenios hizo de la verdad y su búsqueda un mito fundante, hoy sufre y reproduce las formas de perversión de la palabra que los nazis, entre otros, llevaron a su apogeo.
¿Cuánto puede caer una comunidad en esta vida signada por la mentira? Es una pregunta inquietante, pero parece una pregunta retórica cuando del otro lado de la frontera la muerte precoz por asesinato es moneda corriente.
Palestina no es una lucha más, es el posible genocidio inicial en el siglo XXI y una de las últimas manifestaciones del núcleo belicista de la globalización. Si la ofensiva prospera se estará marcando un sesgo definitivo para este principio de siglo.
No hay neutralidad posible: Hay que defender, apoyar y salvar al pueblo palestino. La consolidación de su Estado es necesaria hasta para la sobrevivencia del pueblo de Israel.