sábado, 15 de abril de 2017

Micaela García entre dos mundos

La esperanza sucumbió ante la  noticia. Micaela apareció asesinada –“sin vida” relativizan hasta el hartazgo los medios- y todo nos vuelve a instalar en estos días de penuria y bronca.
Pena porque ya no tendremos entre nosotros a Micaela y todo lo que Ella significa aún para quienes no la conocimos personalmente. Bronca porque su vida fue truncada, bronca también al ver que los medios se lanzan a encastrar, en el rasti de sociedad que vienen armando, el hecho de que una joven militante fue asesinada.
Y Gelblung y Maia Ferro.
En un reportaje Gelblung se refiere a Micaela García y algo se rompe en el ida y vuelta de las palabras, algo se fractura en el devenir de las cosas, algo falla. No cuaja, incluso en el terreno del discurso, que pueda producirse ese encuentro entre una joven que hacía de su vida la construcción de un mundo mejor y este personaje que fuera vocero de la dictadura genocida desde la dirección de la revista "Gente" y hoy juega de comunicador de los peores aspectos de nuestra sociedad.
Cuesta escribir el nombre de Micaela en un mismo texto en que se cita a Gelblung y sin embargo hay que adentrarse en ello: la perversión es una ruptura con la afectividad y las reglas del convivir humano, pero se vale de las trazas de nuestra afectividad y nuestro convivir para desarrollarse y avanzar sobre quien va a victimizar. Hay, en el camino que encara Gelblung, algo de material para entender cómo puede mofarse del crimen de Micaela otro personaje: Maia Ferro. Abogada, profesora, ex funcionaria de la Jefatura de Gabinete de Ministros y actual del Ministerio de Modernización.
En la superficie, Gelblung avanza hacia lo más oscuro del sentido común imperante y dice: Por un lado, está el degenerado de Wagner, y por otro, una chica que a las 5.20 de la madrugada sale sola del boliche”. Sin hacer una segunda lectura, queda claro que equipara el hecho inocente, de confianza en el prójimo por parte de Micaela, con el ataque y asesinato que habría perpetrado Wagner.
Si quedara alguna duda basta con detenerse en el remate de Gelblung: “Fueron mortales estas dos cosas.”
Cosas. Ya no se trataría de que alguien, Micaela, sentía tal inclusión en el mundo y tal pertenencia a su medio que se movía en ellos confiada, sin aprehensión.
Cosas. Tampoco se trata de alguien, Wagner, que según los antecedentes no puede vincularse más que haciendo del otro una víctima.
Cuando se reduce lo uno y lo otro a “cosas” ya se los puede juntar, equiparar. Lo de Micaela, su quehacer, en el discurso de Gelblung ya no resultaría loable, un ejemplo para miles de jóvenes, una esperanza para una sociedad que está siendo acorralada y comprimida hacia sus reacciones más primarias. Un cierto descuido, irresponsabilidad, hasta el poco criterio de realidad desplazan aquello y Micaela ya no sería una joven militante, sino “una chica” poco responsable. Lo de Wagner, en cambio se tornaría, gracias a la operación igualadora de Gelblung, en algo comprensible: se le brindó la oportunidad a “el degenerado” y la aprovechó.  Ahí estarían para graficarlo los dichos de Echecopar, otro de los voceros de este nuevo viejo tiempo en que quieren meternos: él habla de violaciones que se producen por provocación de niñas.
Y hay que superar la náusea, seguir adelante, ya que en esas pocas palabras, “a las 5.20 de la madrugada sale sola del boliche”, Gelblung despliega el modelo de sociedad hacia el que tratan de llevarnos hoy: una sociedad de la desconfianza, del temor, de la pérdida del otro como semejante y su sustitución por el otro peligroso, enemigo, alguien a quien evitar.
En ese modelo la Patria ya no es el otro, sino la cápsula en la que tendríamos que ir ensimismándonos mientras fuerzas cada vez más numerosas y represivas se encargarían de protegernos, a la vez que se reapropian del espacio en que nos habíamos acostumbrado, ese que nos hace mejores, plenos: el espacio público. Y hay policías que rompen la autonomía en la Universidad de Jujuy, otros policías apalean y lanzan gas pimienta a maestros en una plaza, otros que atacan un comedor popular y provocan a una mujer la pérdida de su bebé en gestación, un gobierno compra y trae al país las más sofisticadas tanquetas y armas antipiquete, legisladores presentan proyectos de ley para crear y aumentar penas a quienes se unan para reclamar.
La frase de Gelblung, en sus pocas palabras, lo encierra todo: el supuesto peligro de la nocturnidad (ya lo decía Duhalde, el de Kostecky y Santillán), el de jóvenes haciendo su camino por su cuenta, el de un  entorno social que nos expropian a fuerza de demonizarlo, de acorralar a la población, de hacer la vida casi imposible. Nada más eficaz para esto que expropiarte el mundo en el que por fin te sentías incluido.
Habría que volver por un momento a Wagner o quienes pudieron ser sus cómplices.
Los femicidios parecen multiplicarse. A juzgar por las repetidas imágenes de inseguridad que pueblan la TV, uno podría suponer que cada día hay más hechos violentos en todo el país.
Hay profesionales que en tren de entender el origen de esta situación encuentran una explicación que parece razonable: si aumenta la pobreza, más personas son empujadas a delinquir, se crea un clima de violencia, se generalizan las conductas antisociales.
Parece razonable sí, pero se salta una cuestión: si ser pobre no implica, a pesar de los Gelblung, Echecopar y otros, estar más cerca de una mentalidad antisocial. ¿Por qué el aumento de la pobreza va a explicar esta situación? ¿Por qué de golpe más individuos acosados por sus monstruos interiores sobrepasan los límites que la sociedad les presenta y agreden, someten, vulneran y/o matan?
Porque algo está corriendo esos límites, algo o alguien está ampliando el espacio de lo permitido.  Mentiras pontificadas como verdades, estafas que se muestran y a la vez se desmienten, justicia amigable para poderosos e injusta para con los débiles, poderes que se usan en beneficio propio, el lobo al cuidado de las ovejas. Y todo se muestra, se exhibe. Es la maldad insolente de la que hablaba Discépolo.
El Estado, ese gran generalizador de normas y valores, lleva un año y medio desplazando el límite de lo inmoral hacia un terreno en que lo perverso deja de ser una ruptura con la convivencia y se constituye en una simple rareza.
No son los pobres ni los que resisten los que están pervirtiendo este país, son los que hacen del faltar a la palabra un quehacer cotidiano. Por eso estos voceros Gelblung, Echecopar, se expresan sin tapujos. Es el gobierno el que les está construyendo una realidad para que su discurso misógno, sucio, maledicente, se torne aceptable.
Dos sociedades aparecen en pugna también alrededor de este asesinato.
De un lado esta corriente de destrucción de valores que acompaña y consolida el despojo que van sufriendo nuestras mayorías populares.
De otro, lo que surge en las palabras del padre de Micaela al recordarla: “Micaela quería cambiar las condiciones para que no hubiera más necesidad de llevarle una taza de leche a los nenes. Ella buscaba que los nenes tuvieran la opción de elegir  su futuro” (…) Yo sé muy bien cuál es el país que Micaela quería y vamos a trabajar el doble para hacerlo realidad".
Dos modelos y ningún puente entre ambos. La distancia es la misma que existe entre nuestra Micaela y quienes se suben a su muerte para hacer de sus miserias el futuro de todos.