domingo, 29 de mayo de 2016

MACRISMO: EL DESASTRE COMO POLITICA



"Estos tipos no saben lo que hacen", "creen que gobernar un país es igual que dirigir una empresa", "los CEOS no saben gobernar". Varios autores
“Para que nuestro oponente se someta a nuestra voluntad debemos colocarlo en una tesitura más desventajosa que la que supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de tal posición no tendrán que ser naturalmente transitorias, o al menos no tendrán que parecerlo, pues de lo contrario el oponente tendería a esperar momentos más favorables y se mostraría remiso a rendirse”. Von Clausewitz, “De la guerra 
A la vista de la destrucción derechos populares, soberanía y capacidad productiva que el macrismo viene realizando, muchos compañeros tienden a creer que buena parte de las medidas de ajuste y sus consecuencias son efectos no previstos, leche derramada de quien no sabe calentar una mamadera.
El diagnóstico sobre el desastre es correcto: destrucción de las trazas de Estado de bienestar que construyera el kirchnerismo en doce años, cambio de soberanía y emblocamiento americano por alineamiento con EEUU/ buitres/OTAN, timba financiera y exportación primaria en lugar de desarrollo industrial y mercado interno.
Lo que falla es la explicación. El gobierno, sus funcionarios, saben lo que quieren hacer y lo están haciendo del modo más eficaz posible.
Nos demuelen un edificio y, según el  nivel de la protesta que se produzca, nos alcanzan un par de bolsas de residuos para que nos tapemos de la lluvia en basural. Ejemplo: Cresta Roja, 3500 obreros en la calle. Protestan, balas de goma, gases y manguereada. Luego, 1500 entran como precarizados, sin antigüedad ni estabilidad, el resto sigue desocupado y mira tras un alambre cómo Macri anuncia el veto a la ley de emergencia laboral. Otro ejemplo: blanqueo de capitales fugados para, dicen, pagar el 82% a los jubilados. ¿A todos? No. A los que les falten aportes su remuneración sería el 82% del salario mínimo porque, dice el ministro respectivo, “no sería justo que quien tributó cobre igual que quien no lo hizo”. En su óptica, que trata de masificar como sentido común, sería justo tratar a fugadores de divisas, lavadores y evasores de impuestos (400 mil millones, dicen muchos economistas)  igual que a quienes tributaron regularmente, pero les parece injusto pagarle toda su jubilación a quienes fueron estafados por empresarios inescrupulosos y/o no tuvieron el suficiente poder como para que les hicieran los aportes.  La última: tarifazos de hasta el mil por ciento y tras los reclamos de provincias, oferta de bajar el tarifazo al ¡500 %! Y con perspectiva de completar el resto antes de fin de año.
Ejemplos estatales: la idea de vender las acciones privadas en poder de la ANSES “si no alcanzaran los fondos que vienen del blanqueo”. O nombrar a cargo de cada ministerio a quienes esos ministerios debieran controlar o denunciar ante la justicia por evasión, lavado, etc. Otro: despedir a quienes controlan procedimientos empresariales y emplear a adeptos para que le hagan marketing a los que debieran ser controlados.
No se pueden evaluar estas acciones con la lógica de un capitalismo productivista, desarrollista, mesiánico en sus expectativas de alcance de bienestar. Ese capitalismo, el del Estado de bienestar, fruto tanto de profundas luchas y sacrificio popular en todo el mundo a la vez que del enriquecimiento y desarrollo desmesurado de tecnología e industria mediante dos guerras mundiales y miles de guerras intermedias y posteriores, ese capitalismo que se creía en desarrollo permanente comenzó a morir en los ´70 y sólo reaparece en modos inesperados y de la mano de los sectores postergados cuando estallan las crisis de hegemonía que el modelo neoliberal mismo genera.  
Lejos del concepto de hegemonía gramsciano, el de un sector de clase que emerge con capacidad de expresar los intereses de la mayor parte de los sectores sociales y convierte su proyecto de dominación en el único posible, lo que caracteriza a este nuevo ya viejo capitalismo es su recaída en crisis permanentes pues no trata de unir a todos tras una gran utopía sino de demostrar que eso es imposible y que su proyecto es sencillamente el menos peor, el único viable.
El desprestigio de lo político, del Estado, de lo colectivo, de los valores que mejor expresan a la humanidad, lejos de debilitarlo lo consolida. Si todo es malo, mejor que gobiernen los poderosos, si repartir es delirante, mejor que recuperen la plata los poderosos que, de última, son los dueños de todo. Cambiar futuro por pasado, como bien lo sintetizara el inconciente de la actual gobernadora de la Provincia de Buenos Aires.
Las crisis, lejos de hacerle perder terreno al modelo posindustrial, le sirven para eliminar competidores en el reparto de la riqueza. No sólo a trabajadores y productores, sino también a empresas y empresarios, gobiernos y países que se apropien de lo que los grandes grupos consideran propio. Las crisis, como siempre lo han sido, pero hoy más que nunca, son vía de concentración de riqueza y de poder. Los muertos, los desocupados, las áreas que desguazan, las recesiones, el endeudamiento, son efectos deseados en la búsqueda de mayor concentración. Como bien dijera Clausewiz, “si tienes que atacar a tu enemigo, hazlo del modo que le causes el mayor daño posible y que mayor sea su dificultad para devolver el golpe”.
Es lo mismo que CEOs como los del gobierno hacen en el ámbito privado cuando hay que discontinuar empresas o ramas enteras de la producción en beneficio de “modernizar” la economía, esto es: derivar capitales al ámbito especulativo, producir cada vez con menos empleados, eliminar derechos laborales, achicar incluso el número de empresas que realmente manejan la economía mundial y las locales.
Ni las declaraciones ni las acciones de este gobierno son impensadas: los brulotes del tipo “remeras en la casa mientras nieva afuera”, “no daba para comer afuera dos días por semana”, no son estupidez ni precariedad política, son señales de triunfo hacia un pueblo y un proyecto que creen derrotados. Mensajes que anuncian que este gobierno puede ser peor aún de lo que es hoy. Para que ese mensaje cuaje, las medidas tienen que definir un panorama peor que aquel que corporaciones y oligarquía quieren imponernos. Clausewitz putro, política de guerra: a un enemigo ni se le dice con tibieza que se lo va a vencer ni se lo ataca con almohadones, se lo debilita con acciones agresivas y contundentes, se lo intimida con brutalidad en el discurso.Ese es el signo de este gobierno, hacer mediante medidas burocráticas respaldadas por agencias y bancos internacionales, el empresariado corporativo y partidos definitivamente conquistados por la nueva ola neoliberal  lo que hace 40 años nos hicieran estos mismos actores manejando vía genocidio.
Así que no, no es ni impericia ni falta de política sino todo lo contrario. Es el poder y su discurso en su estado más puro.
Nada hay que esperar de este gobierno más que la repetición de esta conducta en la expectativa de concretar la derrota popular, ese es su objetivo destruir hasta sus cimientos la cultura de participación, reclamo e incidencia estatal de nuestro pueblo. Aquella que se iniciara en hace más de doscientos años y renaciera una y otra vez en formas diferentes para proyectarse a los últimos doce años. La reunificación social, la estabilización económica y el restablecimiento del desarrollo sólo pueden venir de la mano de la confrontación con estas políticas destructivas. Sólo de nuestro lado está esa posibilidad de reestablecer el tejido social y productivo. En nuestra debilidad relativa, esa posibilidad es la que debiera alentarnos a recuperar la iniciativa.  
Una última consideración: el desierto en la Plaza de Mayo este último 25 fue señalado por muchos de nosotros como una carencia del gobierno. Respecto un 25 como el del 2015, este 25 resultó deslucido, falto de pueblo y de apoyo popular al gobierno.
Es cierto. Pero esa consideración no puede ignorar un elemento central: el año pasado éramos gobierno, este año no. Del único modo en que este 25 de mayo hubiera sido un desaire para el gobierno es si hubiéramos sabido generar nuestro propio 25 de mayo, el de la multitud de compatriotas que siguen revindicando la gesta de la independencia y la soberanía. El 9 de julio está por delante y es probable que el gobierno no juegue la misma carta: en su política de restauración cultural buscará hacer un bicentenario de estampita y uniformes con la ayuda de algún gobernador transformista.    
Construir un bicentenario del pueblo debiera ser el objetivo de todos los sectores enfrentados a la restauración oligárquica.

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