martes, 11 de febrero de 2014

La Carta 15, Fuego y una Patria que sigue adelante

“Esta vez es en serio / no estoy mintiendo / algo se prende fuego
sé que muchas veces dije que el lobo venia
pero esta vez el lobo esta acá
Se prende fuego mi pelo mi piano / mis discos la ropa y el perro,
puede ser que esta vez no sea cierto 
pero siento como el fuego me quema por dentro (…)
Dame un balde de agua o de arena / o pasame el matafuegos
el incendio está cerca / y no voy a quemarme sin antes pelear"  (“Fuego, Piti Álvarez)

La Carta abierta #15 tiene el título de “La Patria en peligro”.

El llamado de atención no puede ser ignorado en su dramatismo, en tanto es producido Carta Abierta,  un emprendimiento consecuente en la prédica contra el neoliberalismo y en favor del proyecto kirchnerista desde el mismo momento de su fundación.
Repasemos la situación, tan compleja como novedosa, que analiza la Carta #15 y que motiva el título en cuestión.
El gobierno, ante la caída de divisas producida por diferentes factores –desde el boicot sojero exportador hasta el cuello de botella que crea una expansión productiva aún muy dependiente de tecnología, combustible y otros insumos del exterior- decide devaluar y a la vez toma una serie de medidas que dificulten el traslado de esta devaluación a los precios internos, de modo de proteger sueldos, activos en pesos, puestos de trabajo y el resto de las vías por medio de las cuales los sectores populares participan del producto global.
A esta primera novedad cabe agregar una segunda: la medida es tomada por el gobierno tras una serie de rechazos públicos del mismo a adoptarla, en una secuencia sólo similar a la que antecedió a una medida del todo diferente: la Asignación Universal por Hijo.
También hubo algunas cuestiones que no son novedad, maniobras y declaraciones provocadores y hasta golpistas desde la mesa de enlace, la corporación mediática y parte de la oposición más recalcitrante, mutismo y parálisis en el resto, una actitud expectante en la mayoría de la población, sin corridas, sin protestas hacia el gobierno o empresas, sin grandes modificaciones de los hábitos de consumo que se vienen reproduciendo en la última década.
La situación se presta entonces a muchas lecturas, todas condicionadas por una polaridad inevitable: 1- el gobierno abdicaría de su programa e ideología inclusiva, distributiva y desarrollista y encara un ajuste que, mediante el recorte de la participación social en la riqueza, libere fondos para los negocios privados y corporativos ó 2- el gobierno emprendería una salida diferente combinando diversas medidas para recuperar fondos que permitan continuar desarrollando el país, evitar padecimientos y retrocesos de los sectores populares. En mi apreciación ( no la de Carta),  devalúa para disminuir la presión sobre las reservas, mejorar las condiciones para exportar y dificultar importaciones innecesarias, promueve los precios cuidados para evitar caída de la participación popular vía consumo, promueve consensos productivos con corporaciones y empresas, negocia con los sectores gremiales que no se disparen los reclamos salariales a cambio de conservar empleo, actividad productiva, convoca a la militancia a controlar precios y abastecimiento,  y-este es principal capital en juego- mantener la matriz, actitud y mensaje distributivo e incluyente que caracterizaron a la gestión de gobierno durante la década.
Esto último es lo que –sin mucha intención de originalidad- designé como devaluación con inclusión en lo que se percibe como un uso novedoso de aquella medida, la devaluación, siempre orientada en Argentina a trasladar riqueza desde el pueblo, sectores productivos, trabajadores, Estado y empresas nacionales, hacia el sector financiero local e internacional, los dueños de la tierra, exportadores, multinacionales, etc.
La decisión equivale a la ruptura de un nudo gordiano: se asume la necesidad de modificar la paridad dólar/ peso por las debilidades propias de nuestro desarrollo dependiente y las dificultades para modificarlas en estos diez años de reconstrucción, pero se decide resolverla confrontando con toda posibilidad de distribución regresiva mediante el uso de la formidable herramienta con la que el pueblo y su referencia política más genuina cuentan en este momento: el gobierno popular abocada a la conducción del Estado con una identidad definida.
De los dos actores que disputan en esta contienda es el gobierno el que reafirma su posición ante propios y ajenos en una actitud que no reconoce muchos antecedentes en nuestra historia.
Ahora bien, siempre que esto pasó - el asedio granburgués, las dificultades financieras, la defección de la oposición democrática, las movidas de precios- a una actitud decisiva del gobierno en favor del pueblo se sucedía un golpe, cívico militar y/o económico y/o retirada temprana de aquel mismo gobierno.
No es éste el caso, las decisiones tomadas tienden a aliviar la situación y permitir la continuidad de las políticas generales de gobierno.
Las señales de los diferentes actores sociales y políticos, la evolución de producción, consumo y relaciones intersectoriales, muestran una tendencia a estabilizar la situación sin cambiar la genética del gobierno y sin que los sectores más recalcitrantes puedan profundizar su acción desestabilizadora y la búsqueda de sectores que los acompañen en la aventura. Como si todos hubieran leído a Gramsci, la mayoría tiende a coincidir en que si algo no los expresa de conjunto es la destrucción de un modelo que durante una década les permitió prosperar en un marco de paz relativa inédito.
Con este marco general, no hay modo de hablar con propiedad de Patria en peligro. Lejos de ello lo que todos los sectores afines al gobierno debiéramos resaltar que otra vez ha sabido resolver una situación compleja y difícil. Si la patria estuviera en peligro, no se hubiera desactivado este nudo de contradicciones mediante medidas burocráticas y acuerdos de cúpulas, con el bajo nivel de acción militante, además, que ha caracterizado a este verano de planteos policiales y cortes de energía.
La Patria estará en peligro y esa vez y no esta será en serio, si la derecha se adelanta a nuestra acción de organizar y movilizar la acción popular y logra en cambio conformar un bloque empresarial, político y social lo suficientemente fuerte como para impedir que continúe el proceso de inclusión y desarrollo y desalojarnos definitivamente del  gobierno.  Esta vez no es posible para ellos y hay que reconocerle a Cristina y su equipo que cuentan con la lucidez y el temple necesarios para seguir adelante sin lanzarse ni a confrontaciones imposibles ni a retiradas con ruido de chancleta.
Está en kirchneristas y demócratas en general, militantes y organizaciones, acertar las formas y los modos de arrimar cada vez más comprensión y protagonismo social a esta disputa que no habrá de cesar porque no cesarán espontáneamente el capitalismo, los hábitos depredadores de viejos y nuevos dueños de la tierra, bancos y monopolios. Ni cesan ni cesarán las pretensiones legítimas de ciudadanía, mejor vivir e inclusión de nuestra gente.
Tampoco es pertinente, saldado lo de la Patria y el peligro, comenzar a analizar esta situación, en el primer párrafo del documento, desde la confrontación de un grupo de empresas con un gobierno.
En primer lugar porque no es habitual la identificación de los pueblos con quienes, legítimamente o no, se victimizan sino con quienes se sobreponen a la adversidad. Claro que para el gobierno es difícil, duro y las multinacionales y dueños de la tierra siempre juegan sucio. Pero el pueblo, su mayoría, está con el kirchnerismo porque desde 2003 viene mostrando que es capaz de liderar enfrentamientos posibles con esos sectores del privilegio y que es capaz de rescatar riqueza para el pueblo, recuperar futuro, familia, derechos, para vivir mejor, tener más capacidad de reclamo, lograr una institucionalidad menos excluyente. El peronismo, antes que un relato de sufrimiento es un relato de rebeldía, sueños, esperanza, de decisión de ir por más. Por eso renace una y otra vez en la conciencia de nuestro pueblo y genera experiencias como la que hoy vivimos.
En segundo lugar, una cosa es resistirse a una medida o a una batería de ellas y no implementarlas hasta no haber analizado todas las posibilidades, otra que te impongan lo impropio. Una decisión forzada  -que es con lo que comienza la Carta #15-  hubiera sido devaluar sin más y que el pueblo soporte las consecuencias de un Estado no ausente sino cómplice. Nada más alejado de la actitud de Cristina y el gobierno.
En tercer lugar porque en una coyuntura como la actual, con la mayoría del pueblo expectante y poco inclinado a movidas sin destino cierto, es necesario sintonizar finamente con sus percepciones y aspiraciones,  medir cada consigna, cada mensaje atendiendo a que aporten la mayor claridad y acierten en el mayor interés de nuestra gente. También a que aumenten la credibilidad y convocatoria de cada espacio organizado. No es el caso. Si ésta es una Patria en peligro ¿qué decir de enero del ‘76, julio del ’55, diciembre del 2000, por ej.?
El resto del texto de la Carta 15 se deriva necesariamente de aquella caracterización (la Patria en peligro) y de esta percepción (la de un gobierno en retroceso).
Luego es inevitable que de ambos errores se deriven voluntarismos incongruentes con aquellas apreciaciones. Por ejemplo, creer que en un proceso de condicionamiento como el que detallan, el gobierno podría avanzar en el control de divisas y del comercio exterior más de lo que lo viene haciendo y que podría implementar medidas que –valiosas y necesarias en el largo plazo- implicarían una transformación institucional aún muy alejada de las preocupaciones e intereses de nuestro pueblo.
Dicho de otro modo, tenemos lo que tenemos, un gobierno a favor del pueblo, logros incorporados a la cultura popular, una decisión que vuelve a romper los moldes neoliberales y una elección presidencial a dos años vista.
La Carta #15 dice que este proceso no tiene dueños. Es cierto, pero tuvo y tiene una conducción y un gobierno que lo vino ejecutando, construyendo consensos y multiplicando convocatoria social. Está en cada uno reforzar lo necesario para seguir adelante con errores y aciertos después  del 2015 o suponer terminada la experiencia. Nada en el ánimo de nuestro pueblo sugiere lo segundo. Esa es siempre la voz que hay que saber escuchar a tiempo.

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