Ayer se lesionó Romagnolli, nuestro armador y sufro su ausencia, por lo que pierde San Lorenzo, por las ganas que Leandro estaba poniendo para dejar detrás la lesiones y darnos todo lo que sabe.
De cara al campeonato y ya sin Román, es como si la magia se hubiera esfumado.
Pero Román...
Tuvo que pasar todo lo que pasó para
que se disipe el humo y emerja claro lo que siempre estuvo a la vista de la
mayoría, salvo deportólogos influyentes y los que cortan el bacalao en el fútbol
nacional.
Pasó que el “aguerrido” Passarella y
el “genial” Bielsa dejaron –nos dejaron- pasar 2 mundiales sin el mejor Riquelme,
con selecciones sin identidad ni trascendencia, (lógico no estando Él) selecciones
que no jugaron a nada pero realizaron grandes aportes a la retórica contemporánea
tales como “la pelota no dobla”, “lo importante es el equipo”, “un buen técnico
no necesita quien arme el juego dentro del campo”, “lo que se necesita es
caudillo”, “un jugador no hace la diferencia”, “en el fútbol moderno todos los
esquemas son relativos”, no tengo la energía que se necesita”, “el jugador
moderno juega en todos los puestos”.

Pasó, también, que el buen técnico
que es Pekerman tropezó dos veces con la misma piedra. Peor aún, tomó dos veces
la misma errónea decisión de llevársela por delante: en final de Copa, faltando
unos minutos y con la selección argentina arriba en el marcador lo sacó a Román para terminar perdiendo frente a Brasil. En el Mundial de Alemania
lo saca cuando íbamos 1 a cero y el final ya lo sabemos.

Pero no alcanzó. Fue necesario aún
que Román se vaya de Boca, que su figura deje de jerarquizar las canchas de
Argentina, para que hoy todos los periodistas deportivos y supradeportivos descubran
lo que siempre supo la hinchada de Boca, lo que siempre supimos los que creemos
que existe una escuela argentina de fútbol, con armador, control de pelota y
territorio, toque, manejo de los tiempos, corazón y elegancia: que Román es
irremplazable y con su partida perdemos todos.
Y allí los tenemos a los "especialistas", hechos un mar de
lamentos después que se cansaron de cuestionar la vigencia de Román, su carácter, ocupados unos en
ocultar otros en ignorar que pasaron dos décadas sin que los clubes promuevan
nuevos armadores, ya que se dedicaban a producir “todo-terrenos” para vender en
Europa, guita rápida aunque terminen volviendo en meses, derrotados antes de despegar.
Así, nos quedamos
lamentando que se retirara Zidane, aquel que ya campeón mundial y jugando en el
Real atravesó toda la cancha para saludar a un Riquelme al que reconoció como
su modelo de jugador. O envidiamos a Iniesta, como si España viniera de abundar
en la producción de estrategas.
En una Argentina que todo se
recompone, el curso del fútbol marcha a contramano: donde la identidad se reafirma
se gesta un fútbol ajeno, donde se avanza en deportes hasta hace poco minoritarios
vimos unos Juegos olímpicos sin nuestra selección juvenil porque no clasificó.
No sé, quisiera ser optimista y creer que Román volverá, que lo de Leandro no serán los ligamentos cruzados, que en cualquier canchita de cualquier lugar del país despuntarán nuevos estrategas y en los clubes no abortarán ese renovado encuentro del fútbol, nuestro fútbol con sus fundamentos. Pero por ahora sólo son ganas.