domingo, 28 de abril de 2013

El Borda y el Estévez, dos represiones de manicomio, 1971 y 2013

La foto muestra a  la guardia de infantería cargando en un espacio cerrado. Hombres anchos y uniformados, casco, borcegos, bastón y escudo al aire. En otro extremo, el pelo al rape del que huye delata su condición de prisionero, en este caso prisionero de un hospital psiquiátrico, así como la posición de su cuerpo, el torso muy inclinado hacia adelante, un pie que avanza en el aire mientras el otro muestra casi toda su planta (está descalzo, no sé si por hábito o por haber perdido los botines en la huida) toda su postura indica que escapa como puede de una golpiza generalizada que otras fotos mostrarían en toda su dimensión. Así terminó la última asamblea de internos y profesionales de la comunidad terapéutica del Hospital Estévez de Lanús, a comienzos de 1971.  
“Saquen a los comunistas del Estévez” fue la orden de Levingston, el general que vino desde los EEUU a reemplazar a su inefable antecesor, Onganía. Y el trámite se realizó como se realizaba en esa dictadura: blindado, patota, gaseada, palos y clausura.  Clausura del dispositivo, ya que la locura de aquella dictadura no llegaba al punto de cerrar un manicomio. Para su conservadurismo, los locos eran casi tan peligrosos como aquellos a quienes llamaba subversivos y pretendía tener encerrados a unos y a otros.
Aquella dictadura tuvo un destino rico en paradojas. Vino a terminar para siempre con el peronismo y la rebeldía popular y tuvo que dejar el poder de apuro en manos de un gobierno que ganó prometiendo la vuelta de Perón. Expulsó con la noche de los bastones largos  toda una generación de docentes progresistas. Acto seguido, Onganía promovió docentes que lo aliviaban con su filiación cristiana. El resultado: entre los docentes tercermundistas y los que sobrevivieron a la purga supieron acompañar y a veces promover un proceso de democratización y cambio en las universidades y la irrupción del estudiantado setentista. Quiso eliminar la autonomía universitaria, favoreció el mayor acercamiento de la historia entre estudiantes y trabajadores, el que coronó el Cordobazo. Designó Director de Salud Mental al Dr. Estéves, un coronel médico que participaría años después en el genocidio. Pero en esta, su primera gestión en dictadura, profesionales como Grimson y Caminos lograron sustraer espacios manicomiales a la lobotomía y el chaleco químico. En Federación, en el Estévez florecieron las experiencias de comunidad terapéutica, los internos pasaron a ser reconocidos como seres humanos, se horizontalizaron de modo fugaz pero profundo las relaciones entre profesional y persona en asistencia. No eran una política de Estado sino, como pasaba en muchos ámbitos, experiencias innovadoras forzadas por un proceso popular que cobraría todo su vigor en 1973. En las instituciones de salud mental, en cambio, la represión en el Estévez cerró este ciclo de renovación, el manicomio volvió por sus fueros (un mes después del cierre se volvieron a usar los chalecos de fuerza y el chorro de agua fría "para calmar pacientes") hasta cobrar la forma de depósito de famélicos que supimos ver durante el menemismo. Pero la mirada sobre las personas con problemas de slaud mental ya no es la misma, las actitudes institucionales, y profesionales tampoco. Prosperaron otras experiencias más o menos institucionales, como la Carlos Cardel en su momento, la Colifata hoy, el PREA, hay nuevas leyes,la inclusión empuja por hacerse efectiva. Todo, también a propósito de la salud mental, cambió a partir de los ´70.
La foto del Estévez es del 71, pero la debo. 
En  nuestros días, internet es calificada como la nueva panacea que nos iguala: todos accedemos, todos podemos. Pero aún después de navegar horas no encontré aquella foto que tuve que rescatar de mi memoria y no sé si la vi en Crónica, “Confirmado” o “Así”. Es la web: todos accedemos pero no todos tenemos el tiempo ni el material para que esté allí todo lo que la memoria social necesita. Otros sí tienen el tiempo y el recurso para borrar todo vestigio que incomode.  
Estamos en 2013. La foto, otra, muestra otra vez hombros anchos,  cascos, uniformes, borcegos y escudos. Esta vez es entre árboles, el cielo a la vista y los escudos rezan “policía” algunos, “policía metropolitana” otros. Mujeres y hombres caídos en diferentes posiciones, camarógrafos que filman mientras algún bastón les pasa cerca de sus cuerpos, gente que sangra, personas con sus manos extendidas hacia los escudos en gesto de detener una violencia que las supera, escopetas que apuntan a los cuerpos de personas desarmadas. Más tarde se sabrá que algunos recibieron hasta veintiún impactos de balas de goma.
Busco entre los rostros a amigos, compañeros, Willy, psiquiatra del Borda, ex preso de la última dictadura,  ahora detenido por la Metropolitana, el “Nono” Frondizi que viene defendiendo los Talleres hasta lo indecible, Carlos que me cuenta por teléfono que están gaseando y dice sin dudar “en una hora conferencia de prensa”.
Un camarógrafo de Clarín, “Pepe Mateos”, aquel que destapara con sus fotos el asesinato de Kostecky y Santillán a manos de la policía, resultó golpeado y detenido. Clarín, sin embargo, habla de “enfrentamientos”.
En los terrenos del Hospital Borda, más precisamente en sus jardines, trabajadores, internos, diputados de la Ciudad  y periodistas fueron agredidos por la Policía metropolitana que entró sin autorización judicial y contra toda norma vigente con el único fin de garantizar la demolición del edificio del taller.
Más de treinta años han pasado entre aquella represión en dictadura contra  trabajadores e internos del Estévez, en Lomas de Zamora y  esta represión en el hospital Borda. Como en aquellos tiempos resalta la cordura y firmeza de internos y profesionales frente a la virulencia y el cinismo de quienes los reprimieron y quienes ordenaron golpear y gasear. Pero acá terminan las similitudes.
En el Borda no se reprimió como reacción contra lo diferente, por rechazo a la locura, ni  por la moralina que veía como pecaminosa la acción liberadora que promovían las comunidades terapéuticas. Tampoco fue el temor a que la subversión comience por los manicomios, como algún funcionario militar supo decir en los ´70.  Si para los milicos de la época de Onganía, la democracia y la participación en el manicomio eran comunismo, para Macri es comunismo que se use el predio del Borda, el espacio de los Talleres, para la salud de la gente y no para un Centro Cívico que justifique negocios para amigos y allegados.  
La demolición de los talleres protegidos, un espacio que promovía la inclusión de personas con patologías mentales mediante la cooperación productiva, no obedeció que las autoridades de la ciudad antepongan problemas religiosos o filosóficos con respecto a la labor terapéutica de los talleres. Por el contrario y en ánimo de especular hasta podríamos suponer que no se opondrían a que este tipo de talleres funcione en otra parte, fuera de la ciudad,  donde el uso de ese espacio no se contraponga con la especulación financiera, el negocio de las urbanizaciones exclusivas, el desguace de la cobertura pública de salud y la arbitrariedad gubernamental de que hace gala del gobierno de la Ciudad.
Hace 30 años las comunidades terapéuticas, como el movimiento estudiantil, la democracia sindical, la psicodelia o  el rock nacional, estaban en la vereda opuesta de las prácticas y convicciones que sostenía la dictadura. En ese antagonismo la dictadura fundaba su represión y autoritarismo.
Hoy, cuando en el orden nacional se marcha a la inclusión y la ampliación de derechos, el gobierno de la Ciudad manda a demoler los Talleres, aun violando la decisión judicial en contrario,  para construir un centro cívico del que se beneficiarán, vale la pena repetirlo, la especulación financiera, las constructoras amigas y los interesados en el desarrollo de una ciudad cada vez más excluyente, que expulse hacia la periferia a los pobres, indigentes y todo aquel que desentone con su “estilo de vida”.
En nuestro estupor, a muchos nos surge pensar en lo irracional de una represión contra internos de un neuropsiquiátrico, de la falta de límites en la agresión contra gente indefensa. No se trata de irracionalidad sino de otros intereses. La inclusión social va de la mano de la democratización de las FFAA y fuerzas de seguridad, de su subordinación a la constitución, su resguardo de los derechos humanos. Pero cuando lo que se quiere es un modelo de exclusión, lo “racional” es construir una policía brava, fuerzas dispuestas a reprimir a cualquier costo.
Por eso el gobierno de la ciudad  supo designar al “Fino” Palacios al frente de la naciente Metropolitana a pesar de todas las denuncias en su contra. Se cuentan 42 entre 52 agentes "recuperados" de la Federal que se desempeñaron durante la dictadura. Nada más racional que emplear esos personajes si lo que se quiere es conformar una policía que vaya en contra de la ciudadanía y de todos sus reclamos. Para esto los entrenaron.
Los trabajadores del Borda han deliberado y tomaron una decisión: reconstruirán los talleres protegidos. Allí habrá que ir. A construir los que saben, a apoyar, cebar mate, acompañar, los que no. Hablar de la agresión policial con quienes la sufrieron aporta a reparar sus efectos traumáticos, pero si se vuelven a levantar los talleres los internos tendrán un mensaje aún más reparador: la reconstrucción solidaria les dirá que del otro lado de las paredes del predio, en esa sociedad que a veces ven que los rechaza y otras los agrede, también hay personas, muchas que se preocupan de su suerte y los acompañan. 
La lucha de los trabajadores e internos del Borda es algo más que una acción por la salud mental de los pacientes, es por la salud de la sociedad toda, es parte del proceso de inclusión que vive la Argentina, no sólo de inclusión de los postergados en los beneficios de la democracia sino inclusión de la Ciudad de Bs. As en el país, del cual su gobierno toma cada día más distancia.  

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