miércoles, 9 de junio de 2010

El Bicentenario 6- De vencedores y vencidos

Cada vez que un grupo de genocidas es puesto frente a los juicios de la verdad aparece la frase “no se ha visto en ningún país que los vencidos juzguen a los vencedores” Lo dijo Bussi, lo dijo Menéndez y volverá a escucharse con la misma sonoridad cascada, grandilocuente y cobarde en cada nuevo juicio.
El caso es que tienen razón, es lo único en que tienen razón, no se ha visto en ningún país.
En España el Juez Garzón es sancionado por hacer lo que debe hacer un juez, esto es juzgar criminales. Ningún gobierno, salvo los de países invadidos y derrotados, paga por las que iban a ser "guerras de baja intensidad" y aún siguen sumando millones de víctimas. Toda la gama de crímenes y aberraciones cobran cotidianeidad en Irak, en Palestina sin que ejecutores y jefes de los invasores estadounidenses y europeos enfrenten un tribunal.
En casi toda América es una de las materias pendientes: algunos países por la juventud de sus democracias, otros por la supervivencia del delicado equilibrio que permitió obtenerlas, el caso es que la memoria y la justicia aún no llegan para las víctimas de los terrorismos de Estado, el clamor por los Derechos Humanos aún no es mayoritario, los genocidas siguen sin pagar sus culpas, los aparatos de seguridad no se desmantelan de la cultura genocida.
Acá sí pasa, los cuadros se descuelgan, los bustos salen de donde nunca debieron estar, la ESMA se puebla de ex víctimas, de jóvenes que quieren saber. La Perla, la D2, otros Campos se convierten en Museos de la Memoria y lejos de resultar depósitos de objetos polvorientos, pasan a actuar como usinas de información, de búsqueda, de formación de las nuevas generaciones. Las policías no han dejado de ser reservorio de corrupción y gatillo fácil pero nunca como hoy se vio tanto uniformado juzgado y encarcelado por delitos relacionados.
Las madres, las abuelas, HIJOS e H.I.J.O.S. hace rato que trascendieron su tarea histórica y se instalan como focos hiperactivos de promoción de derechos. A tal punto que el innombrable abogado de la apropiadora de los pibes y de Papel Prensa, Ernestina Herrera, pudo decir sin ruborizarse que Estela Carlotto es hoy, que cuenta con el apoyo del gobierno, más poderosa que su defendida (SIC).
Interesada exageración, sin duda, pero refleja en su distorsión una realidad ineluctable, los Derechos Humanos forman, como dijera la presidenta, “parte del ADN de este gobierno”, emergieron del reclamo popular para convertirse en política de Estado y esto sin duda potencia todo movimiento en pos de la memoria, la justicia, la reparación y el castigo debidos.
Por eso, dicho sea de paso, pudo verse en los festejos del bicentenario algo tan sorprendente como la multitud que los protagonizó: uniformados aplaudidos por la gente. Porque va quedando claro para todos que el destino de cárcel es para los genocidas irreversible. Como dicen que dijo una alta funcionaria mientras los acompañaba al palco en pleno 25: “a Uds. los aplauden porque a los criminales los estamos juzgando y metiendo en cana.”
Encaminados los juicios insignia la movida sube un escalón con el encarcelamiento de Martínez de Hoz y la activación del juicio por apropiación a Herrera. Veintisiete años de democracia fueron necesarios para que la justicia alcance a los verdaderos jefes, quienes se enriquecieron con la dictadura, quienes la concibieron como instrumento de eliminación de conquistas históricas del pueblo, de reapropiación de riquezas que la lucha popular había convertido en propiedad pública, de desmantelamiento de todo espacio estatal que no le sirviera para reprimir y acumular para sí.
Algo de fondo está pasando y es en su queja cobarde y grandilocuente que los genocidas rozan esa realidad sin terminar de comprender.
Argentina tampoco es una excepción a su perversa y sangrienta regla: acá también los vencedores están llevando a juicio a los vencidos. Un gobierno popular, la mayoría del pueblo, los que nos sobrepusimos a tanta pérdida, tanta decepción, tanto dolor, los sobrevivientes, los que no olvidamos, los que recuperaron la memoria los que creyeron que era posible y no dejaron de luchar, los antiguos perdedores estamos mandando a juicio a los vencidos: los genocidas, los que mataron y destruyeron en pos de un país para pocos.
Y lo estamos haciendo con la honestidad, la perseverancia y la falta de perversión que suelen tener las gestas populares, con todas las garantías, con ajuste pleno a la Constitución.
En esta comprensión emerge el significado de fondo de la conmemoración del bicentenario. Si en el 2001 las mayorías se sobrepusieron al fantasma del Terrorismo de Estado, desde el 2003, un gobierno que no claudicó ni entregó sus banderas hizo posible que se vaya recuperando la confianza en la gesta colectiva, que el pueblo vaya dejando de ser “la gente” para volver a ser pueblo, el himno y la bandera recuperan su valor genuino, vuelve a resonar el ideal de construir una Nación para todos y esta vez en un marco americano que avanza en el mismo sentido.
No fue fácil ni lo será. Es mucho lo que nos han dividido, más lo que nos han quitado, muchos de nosotros han sido empujados a la marginalidad y aún no acceden a lo mínimo, es más aún lo que hay que construir.
Arrinconada en su cultura de rapiña la derecha no va a dejar de lanzar manotazos ni va a escatimar artimañas y agresiones con tal de no retroceder de sus privilegios. Pero sus objetivos, el tipo de país que pretenden ya no van a poder obtenerlo por la vía de consensos burocráticos, traiciones y engaños. Y la salida de fuerza tampoco se les aprece cercana en el horizonte.
Se podría decir que estamos iniciando más en el terreno de los hechos que en el de las ideas, el siglo de la inclusión, de la reparación popular, sobre las ruinas del genocidio y la exclusión.

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