jueves, 28 de octubre de 2010

EL FLACO PASA LA BANDERA


Hoy ha muerto Néstor. El mejor de nosotros ha muerto

Evita murió cuando yo tenía dos años.
No lo supe entonces, pero en toda mi vida su muerte estuvo como algo íntimo, mío. Cada actitud que le conocí me traía lo injusto de perder a alguien tan valioso como para que me doliera su muerte sin haber estado nunca en su presencia
Recuerdo, a mis cinco años, estar en un pasillo jugando con mi hermano y mi abuela materna que entra y dice: “cayó por fin”. Esa noche hubo festejo en nuestra casa y mi viejo se fue con una vergüenza y un odio que le duraron más que el mes que tardó en volver. Esa vez no se habló de muerte, pero algo en el aire la anunciaba. Tampoco esa vez lo supe, pero se había abierto la puerta a los asesinatos de Valle, Cogorno, los compañeros de León Suárez y tantos otros.

Más tarde, cuando comencé a saber de estos asesinatos tal vez mi viejo pensó que ya podía compartirlo conmigo y me habló del día que estaba pintando con su amigo Rolando un departamento en la Avenida de Mayo y de golpe cayeron las bombas en la Plaza. “Y la gente escapaba, pero muchos se paraban y daban vuelta para ver qué pasaba y se quedaban ahí, olvidados de las balas”, me dijo. Después supe que vio lo que nunca me contó, quizás porque no podía soportar ese recuerdo, quizás porque en su ilusión de padre quería creer que yo nunca tendría que ver tantos chicos, mujeres, hombres, vueltos carne y sangre salpicada en las calles y paredes de la Plaza.

Recuerdo el vagón del Sarmiento ese 9 de octubre de 1967, cuando ya militaba en Filosofía y Letras, sin conocer mucho de la historia que ahora me pesa. Recuerdo, digo, que el titular de Crónica me hacía saber que habían matado todas mis ilusiones en un oscuro paraje de Bolivia. Pero el Che, tirado en la angarilla, los ojos abiertos muertos como todo su cuerpo, aparecía más vivo que sus asesinos y me devolvía con creces mis sueños a condición de poner el cuerpo como él lo puso.

Y las lecturas de aquel tiempo. Saber de la muerte de Tupac, la de Dorrego a manos de Lavalle, la cabeza del Chacho en la pica para felicidad de Sarmiento y los dueños de la tierra, ya lanzados a una vorágine que multiplicaría muertes en el genocidio originario, el de Paraguay, la semana trágica, los fusilados de la Patagonia. Todos asesinatos, de a uno, de a miles, muertes que, por esa cosa de estar en carne viva que te da la militancia, dolieron como si fueran mis contemporáneos, como si hubiera vivido en la costumbre de compartir sus voces y sus ansias y de golpe el silencio, la corrupción, la memoria que duele cuando nos trae a alguien que ya no está con nosotros. Y también San Martín muriendo en el culo del mundo, s0lo en Boulogne Sur Mer mientras acá el poder esperaba justamente esa muerte para hacerle los honores que le negó en vida. Y la de Rosas, a quien, como alguien dijo hoy, le debemos que nuestro país no sea un rosario en pedazos.

Recuerdo la última imagen de Rodolfo Ortega Peña vivo, su mirada entre sonriente e inquisidora y yo saliendo de la redacción de la revista “De Frente”. Un pibe parte de la oficina del diputado del pueblo a la tarde y a la noche se hace hombre frente a un cajón que no es Ortega ni es nadie. Como no eran nadie los cuerpos quietos, algunos quebrados, otros despedazados, otros simplemente muertos pero apoyados en un árbol, de costado en el pasto, sembrados en las cercanías del Puente 12, cuando la derecha decidió que la primavera camporista se terminaba. Y otros titulares de diario que me dijeron que Chejolán, dirigente villero que ya nadie recuerda, fue asesinado a metros de la casa de gobierno y Mujica asesinado días después al salir de su parroquia.

Y la cola interminable bajo la lluvia que, tras amenazar toda la noche, por fin se decidió a caer sobre los cientos de miles que esperábamos camino al Congreso aquel primero de julio. Otra vez nos esperaba un cajón en el lugar en que esperábamos encontrar, más que a Perón, un poco de esperanza, las ilusiones, el ardor de estar haciéndola y poder seguir.

Y el negro Honores, Manuel, Analía, el Chacho, Marito, Tito, la Perro, Valentín, el Fedayín, los veintidós de Margarita Belén, mis compañeros , mi familia, mi mundo arrasado en el proceso. Y los treinta mil que no entrarían en este texto. Y Néstor Perlonguer, que me alegraba con su ácido e ingenuo humor en los ´70, pero murió en Campinas, exiliado, antes que yo puediera verlo.

Y sigo, mes a mes, año a año, los días que he vivido. Y los que ya habían sucedido cuando nací, recuerdos de mis mayores que también me tocó sufrir y disfrutar porque mi pueblo tiene memoria, aunque a veces quieran arrasarla. Encuentro que cada día de la increíble gesta de mi pueblo estuvo y está signado por la muerte. Muerte y epopeya, eso somos.

Hoy ha muerto Néstor. El mejor de nosotros ha muerto y es antes que nada una injusticia. Siento que la bronca y la perplejidad se anteponen al dolor y a las lágrimas las postergan las preguntas.

En la Plaza, rodeado de pibes que no vivieron casi ninguna de las muertes que me invaden, veo en la TV al Flaco, aún vivo y presidente, que comenta a un periodista: “sólo me interesa que el día que me vaya la gente me dé las gracias”.

¿Cómo darle las gracias a quien lleva su entrega militante hasta el punto de morir? Recogiendo su bandera, nos dijo Evita.

La Plaza se llena de banderas y renueva la epopeya de vida de mi pueblo, siempre por encima y por delante de la muerte.

En la TV se recortan Néstor y Cristina. El guiño del Flaco lo revive, lo vuelve a nosotros para que nos plante una bandera: ABRACEN A CRISTINA, ACOMPAÑENLA HASTA LA VICTORIA, SIEMPRE.

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