miércoles, 24 de agosto de 2011

La noche de Raúl. 18 años

El pabellón estalla en un griterío alegre y feroz. El destinatario es el Negro Raúl que sigue abrazado a la radio en el silencio de la celda.

Raúl Uhalde llegó hace poco tiempo y ya todos lo quieren. Era delegado paritario en una metalúrgica. Antes estudiante de derecho en la UBA.

Un día, en la otra dictadura, entró en una clase de Mariano Grondona. Pidió permiso para hablar, por la Masacre de Trelew. Grondona se lo prohibe. El Negro habla, Grondona llama a la policía. El Negro zafa.
Pero esta otra vez, ya obrero metalúrgico, lo levantaron saliendo del laburo. Patrullero, biaba en Coordinación Federal y a Devoto. Sin traerse nadie detrás. Un ejemplo

Un pampeano tranquilo, siempre dispuesto a ayudar, respetuoso y digno frente a los yugas . Y jugaba tan bien al fútbol que hasta le bancábamos que festeje los goles como si fueran de River.

Cuando largamos la huelga de hambre, la larga, de los 24 días, el Negro amaneció al segundo día con los ojos amarillos. “Siempre los tengo así, pero no sé, estoy medio cansado”. Los médicos del pabellón lo revisan y avisan a la reja: “hepatitis”. Se irá por cuarenta días al hospitalito en la misma cárcel de Devoto y al volver nos encontrará a todos un poco más flacos. “No estoy gordo: tengo los músculos cortos”, explicaba así el conservar su panza tras semanas de arroz y dulce de membrillo.

Un día lo llaman a Tribunales y va en el celular como íbamos todos, la mejor pilcha, afeitado, peinado, tal vez algún familiar o un compañero estuviera en los pasillos y había que dar aliento . No sé si pudo conservarse así, pero el juez Lafuente le hace firmar unos papeles: libertad por falta de mérito. Un error que nunca supimos cómo se produjo: en lugar de enviarlo a Coordinación Federal lo envían al Departamento de Policía. En Coordinación ya tenían formularios con la firma de Isabelita. Vos llegabas con la orden de libertad firmada por el juez, los tipos llamaban a Casa de Gobierno y les pasaban el Número de Decreto. Ponían tu nombre en el formulario, número de documento y eras otro detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) y esa noche u otra te enviaban de nuevo a Devoto. Pero con el Negro no fue así. Lo mandan al Departamento de Policía. Allí no tienen pedido de captura ni otra causa en su contra , así que después de una horas le abren la puerta y sale a la noche sin mirar atrás. Sale al Buenos Aires de las tres A, de López Rega, del comando Libertadores. El de las calles desiertas desde temprano. Difícil que piense algo así en ese momento, ya libre. Libre sin esperarlo y con todas las ganas de estar libre se va conteniendo para no correr hasta que se pierde de cualquier seguimiento y ya tiene decidido dónde meterse porque ya deben estar saliendo a buscarlo.

Pero aquella noche, la del griterío, el Negro aún no fue a Tribunales, tampoco nos tocó fajina, así que fuimos a nuestra celda y cada uno a lo suyo: la palmera y un libro, un rato de mirar la noche, el cielo, el muro y los pabellones donde estaban las compañeras. Tratar de oír sus voces, algo que endulce una noche como cualquier otra, fría. Y el Negro en la carpa con la radio y su sonido en medio del silencio atento. Silencio del Negro y de nosotros, atentos a pesar del libro, la palmera, las luces del pabellón de mujeres, algún saludo que llega desde allí sin destinatario fijo. Y el Negro, que tuvo su momento de agitación al rato de entrar y luegoqueda ahí abajo, en la carpa. Espera sin hacer el menor ruido.

Y de golpe el griterío, desde la celda de al lado, los golpes en las paredes, los cumpas de fajina que abren la mirilla y saludan. Las compañeras, que hacen coro desde sus rejas allá, en los pabellones del frente que nos quedan tan chanfleados que no podemos verlas.

Es la noche del quince de agosto de 1975, sin los titulares porque hay una huelga de jugadores, un equipo juvenil de River, tras ir en ventaja desde los 24 minutos del primer tiempo vence a un equipo juvenil de Argentinos Juniors y se corona Campeón Nacional de primera tras casi dos décadas de malaria.

El Negro, que recién levanta la cabeza y se separa de la radio cuando todos callan, lento, se lamenta: “dieciocho años esperando salir campeón y hoy que se nos da no puedo salir a festejarlo”. Las lágrimas corren por el rostro Raúl Uhalde en el silencio de la celda. Llora, no por estar preso, sino porque no puede compartir con el resto del mundo gallina todo el calor que juntaron en su larga espera.
Y ya nos abrazamos y de algún lugar salen unos vasos de pajarito para brindar y aunque Raúl es el único gallina en una celda con dos bosteros y un cuervo, esa noche todos ganamos el campeonato y sufrimos con el Negro no poder salir a festejarlo y nos la arreglamos para hacerlo allí, en esos 3 por 3 metros con camas cucheta, biorsi y pileta, la celda 55 del Pabellón celular 2 de Villa Devoto, en una noche que en su negrura disimula el entorno de rejas y encierro.

Un par de meses después algún “preso común” nos avisará con las manos, desde otro pabellón lejano, que le Negro salió en un celular desde Tribunales hacia el Departamento de Policía. El fin de semana alguna madre nos traerá su primera carta, ya en libertad, dando consejos, contando cómo está la mano afuera, prometiendo buenas noticias y militando.
Ahora estoy en Resistencia, cárcel de villa Libertad, Chaco. Falta un mes para el 24 de marzo y el golpe. Cientos de compañeros llegaron antes del fin de año a Devoto. Las celdas se cerraron todo ese día, hubo traslados. Los compañeros ahora son otros pero mantenemos la costumbre y necesidad de leer el diario juntos. El 19 de febrero de 1976 leo en Crónica “Carlos Marcotte, Luis Titunik, Jorge Ferrario y Raúl Uhalde. Todos muertos. En enfrentamiento con fuerzas policiales. En Floresta. Iban a bordo de un Fiat 125. Acribillados. OCPO. Se resistieron. Ayer, 18 de febrero“

Raúl tenía 27 años.

El sábado 1 de octubre de 2011, a las 11:00, junto a Barrios por la Memoria y Justica, familiares, compañeros y amigos colocaremos una baldosa con sus nombres en la esquina de Azul y Rivadavia, Ciudad de Buenos Aires, al borde del lugar en que fueran asesinados.

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