viernes, 31 de octubre de 2014

UNIVERSIDAD DE LA MATANZA: Lo irreVersible

"Cuando un joven viene a inscribirse llega, en su mayorìa con sus padres y hermanos. Cuando se recibe viene con sus padres, sus hermanos, el resto de la familia, sus amigos, vecinos: es uno del barrio que llegó, que pudo, que lo hizo. Sin quererlo se convierten en un ejemplo para todos. El 90% de nuestro alumnos son los primeros de su familia en concurrir a la universidad. (...) Muchos vienen de barrios con grandes dificultades (...) Muchos de nuestros profesores que también enseñan en otras universidades nos dicen que quieren quedarse en esta, es por la dedicación de los alumnos que es única, ´quieren aprender´, ponen todo su esfuerzo". Palabras del rector de la Universidad de La Matanza en entrevista con Camilo García hoy en Hastag 23.
Completé un curso en la Carrera de Medicina hace dos años allí y tuve la mismas sensaciones cuando casi cien alumnos del ingreso vinieron a informarnos sobre los barrios e instituciones en los que hacen el trabajo de campo que incluye el ingreso a la carrera. Eran informes de quien se involucra, quiere participar y colaborar, también tenían la convicción de quien confía en lo que hace. 
Escucho lo de "barrios con grandes difícultades" y pienso en el pasillo de palmeras, poblado de estudiantes conversando entre sí en sus momentos de descanso, pienso en el comedor, en los espacios deportivos. No sólo son lugares para disfrutar, también son una necesidad que nace y se consolida, un objetivo a cumplir: hacer que su barrio, su hogar, sea tan disfrutable como estos espacios que la universidad les brinda. 
Dos sobrinas de la vida tienen que ver con la UNLAM, Flor en un nuevo intervalo maternal previo (esperamos) a terminar su carrera de Educación Física, Martu comenzando su carrera de Medicina. 
En un tiempo el predio era "la Crysler", luego "la Wolkswagen". 
Recuerdo la espera en las salidas de fábrica, volantes en mano, para "contactar" a los miles de trabajadores que en sus bicicletas, motos, autos, partían hacia sus casas.
Esperanzas de un mundo mejor que se compartían, luchas históricas. Y el orgullo del obrero que ve los autos alineados y sabe que salieron de sus manos. Luego los cierres, la desocupación, el abandono. Multinacionales que hacen su negocio, cierran cuando les conviene y esperan a que el Estado nuevamente ponga fondos para reabrir con más componenetes importados y sueldos más bajos.
Ahora, con la Universidad, otra vez la vida.
¿Cuántos de estos pibes serán hijos, nietos de aquellos trabajadores que el neoliberalismo dejó en la calle? ¿Cuanto de reparación encierra su ingreso? 
Soy, con mi hermano, uno de esos iniciadores familiares, claro que de otra época, la de "los únicos privilegiados": aquellos hijos de trabajadores que, aún tras la Libertadora, crecimos con la convicción de que iríamos a la Universidad, seríamos profesionales, trabajaríamos por nuestros semejantes. Y llegamos en masa, aunque la oligarquía también se cobró nuestra inclusión en masa. Miles de secuestrados desaparecidos de las universidades quedaron en el camino que hoy pueden retomar estos pibes.
Tengo amigos docentes en las universidades de Quilmes, en la UNLA (Lanús), en General Sarmiento, en Luján. 
En todas se palpa la inclusión, el acceso a la universidad de zonas y familias postergadas: una nueva generación de profesionales, muchos de ellos futuros intelectuales del pueblo. 
De lo mejor que hemos construido en estos 11 años, de lo más irreVersible también

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