lunes, 20 de diciembre de 2010

20 de diciembre de 2001


Este capítulo pertenece a una novela que escribí hace unos años y aún busca editor. Tres años después de los sucesos que relato comenzaba un proceso nuevo, cuyos logros valen por sí mismos. Pero nunca está de más recordar de dónde venimos.


Son las dos de la tarde en Avenida de Mayo.
El tipo viene por la vereda. Traje, corbata, portafolios bajo el brazo. Joven, pero no tanto como para no ser un profesional, o un empleado, un vendedor, la imagen repetida y habitual del centro de Buenos Aires.
Se detiene a mirar no se sabe qué cosa y la expresión concentrada que traía, seria y algo distante, cambia, lentamente pero acelerando, hacia el asombro y la bronca, al igual que sus movimientos, cuando deja el portafolios en el suelo, se saca el saco y hasta lo dobla, antes de apoyarlo –con cuidado- sobre el mismo portafolios.
De su boca, que movía sin sonido, sale por fin un grito, camina unos pasos, agarra un trozo de baldosa de entre los restos de un arreglo sin terminar y lo arroja hacia los policías que indistintamente disparan con los lanzagases y escopetas sobre un grupo de jóvenes que siguen haciéndoles frente al grito de “que se vayan todos”.
Replegado al borde de la entrada a una galería, junto a pibes que toman resuello para volver a intentarlo, distraídos que fueron a hacer un trámite, rentistas que fueron otra vez a reclamar sus pesos a los bancos y hasta una piba con una bandeja en la que se entibian dos cafés, Marcos le grita al tipo que se ponga a cubierto. Pero el tipo evidentemente es de otra época: tira un par de baldosas más, agarra sus cosas y se va por la vereda. Otra oleada de piedras atrae la represión hacia otra esquina y el tipo se pierde de la vista de Marcos que ya no volverá a verlo nunca.
Por la mañana del 20, tras unas horas en que casi no durmieron, pendientes del noticiero y excitados como estaban, Marcos y Pato ven la imagen de las madres entrando a la Plaza con algunos jóvenes. Casi de inmediato se ve a la montada cargar sobre el grupo y golpear y gasear y tipos de civil agarran pibes y e intentan llevarlos a la rastra mientras la gente trata de retenerlos e impedir la golpiza.
El casi jolgorio de la noche da paso a la normalidad, pensaría Marcos, si no sintiera tanta bronca, la necesaria como para vestirse y salir en el auto hacia la Plaza. No piensa a qué va pero sí que hay que estar. Lo mismo les pasaría a miles de pibes que al ver esas imágenes marcharían como él, sin esperanza cierta, a dársela con la cana porque lo que está haciendo ya no se aguanta y hay que terminarlo. Como en los recitales, como en los partidos, porque si la historia fue escamoteada, los reflejos son más difíciles de suprimir en la gente. Y llegarán de a uno o en grupos a la 9 de julio, a Congreso, a Avenida de Mayo. Y sin conocerse ni necesitarlo, avanzarán y se replegarán durante todo el día, a impulso de sus ganas, los gases y las balas contra palos, piedras y fogatas, los rumores de muerte que irán confirmando sin por eso retirarse, hasta que la imagen de un ex presidente huyendo en helicóptero sea repetida hasta el cansancio en las vidrieras aún sanas y con televisores encendidos y los subtitulados aporten nombres y detalles de los asesinados y, ya llegada la noche, aquellos que no vayan a hospitales o comisarías a buscar a los suyos, se retiren a sus casas a buscar explicación, consuelo o compañía tras un día que no olvidarían ni ellos ni nadie. Pibes, mayoritariamente pibes, hijos de los tiempos del silencio y el miedo, hermanos de pibes Malvinas, algunos que tuvieron un profesor con memoria, otros que decodificaron conversaciones en voz baja de sus viejos y amigos, otros que encontraron algún libro, otros que se preguntaron sin tener respuestas pero siguieron buscando voces que de algún lado llegan y tienden un puente con un pasado que por algún motivo se negaba a dejar de latir en palabras ambiguas. Algunos eran militantes y muchos más sólo sentían que era hora de parar con la represión, pibes que entendieron lo de no más estado de sitio, pibes que iban por la dignidad que reconocían en las viejas, pibes empezando a caminar hacia delante y hacia veinticinco años atrás, pibes masacrados a lo largo de un día que terminó con casi treinta de ellos asesinados para confirmar una vez más que aquí la felicidad nos llega como un nacimiento: con dolor, bañada en sangre, entre el cansancio y la sensación de haberlo hecho, quizás, por única vez.
"Otra vez en la calle, nuestro pueblo se sacó de encima gobernantes que no lo merecen. Pero nuestro País de las Maravillas es un espejo negro: se ganó con sangre de amigos, de jóvenes y chicos que ya no verán nacimientos ni felicidad. Sin fuegos artificiales, su vida paga nuestra entrada con fecha cambiada -argentinos al fin- en el nuevo milenio. Y otra vez los moderados de nuestra cartelera terminan mandando a matar para que las cosas no se extremen. Lo que viene es tan oscuro como lo que dejamos. Pero la historia que recuperamos e hicimos en este par de días de diciembre hace que la esperanza vuelva a parecer posible."
Esto escribe Marcos, aún con la muerte y la esperanza en sus ojos, para aplacar el dolor y la bronca. Y el orgullo también, porque hace un rato hubo asamblea en la esquina del barrio y se prepara una marcha para mañana y en la asamblea repleta de vecinos Lucía, con sus 17 años, habló y opinó y decidió como si la hubieran parido para eso.

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