martes, 14 de enero de 2014

Los viernes en la estación de Torres

Cada viernes, entre el 1958 y el 1962, llegábamos con mi vieja a eso de las 8, 8 y cuarto de la noche. 
Ya estaba medio pueblo, en parte en los andenes, en parte en la calle de enfrente, esperando la llegada del Urquiza, camino a Salto. 
Mi viejo bajaba del Diesel con su bolso, algún paquete, una bolsa en la que traía el mameluco de la Shell que ya el sábado a la mañana sería hervido con jabón y no sé qué más, hasta dejarle la menor cantidad posible de manchas de pintura. 
Pero aún estamos en la estación y el tren ya se va y no terminamos de saludar a todos lo que empezamos a saludar bastante antes de que llegara. 
Y yo esperando ver qué habría en el bolso de mi viejo, palpitando "El eternauta", "Hora cero", Misterix", algún libro de la colección "Rastros", un autito para rellanar con masilla y afirmarle bien las ruedas para correr en pistas de tierra. 
Y las cerca de quince cuadras que van de la estación a nuestra vieja casa se iban alargando en nuevos saludos, detenciones a comentar algo, arrancar y volver a detenerse. 
Pero el fin de semana terminaba y el domingo el ritual se repetía en forma inversa. 
Íbamos con mis viejos hasta la estación, las mismas caras casi en los mismos lugares, las despedidas, el tren que partía y a desandar las quince cuadras con mi vieja mientras el viejo -entre otros viejos- seguía viaje hasta la pensión en que pasaría otra semana. 
Después el retiro ofrecido por la shell, el pago con los Bonos del Empréstito 9 de julio, mi viejo que los repartía en una mesa y los mirába como esperando algo. Una explicación, una excusa, algo que le diga por qué tantos años de indemnización se disolvieron en esos papeles que Él entregaría a centavos por peso para que años después algún banco se los cobre al Estado a pesos por centavos. El viejo ya definitivamente instalado en Torres con nosotros.Pero esa ya es otra historia.
Hoy se nos fue Juan Gelman. 
Escribo 1962 y pienso que en ese año Juan publicaba "Gotán". Entonces yo no lo sabía, lo supe recién en 1966 cuando leí "31 de marzo". Pero saberlo no me dijo nada.  
Estaba demasiado ocupado en vivir como para detenerme en coincidencias.

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