viernes, 10 de junio de 2011

El ACUARIUS: De satélites, recuerdos y esperanza

11:20, a casa por la Ricchieri, anuncian en radio que está despegando el satélite argentino SAC-D/Aquarius. Víctor Hugo suena emocionado, Paenza entra en línea, explica un poco y también es todo emoción.
Paro un rato al costado de la ruta y bajo. Hay pasto, árboles, horizonte. Como cada día, recuerdo al pueblo donde crecí.
Aquella tarde, mi viejo llevó tres sillas al fondo. No eran días de golpe, así que la ruta se veía bastante desierta. Faltaba la caravana de camiones verdes que cada tanto nos avisaba que había que comprar harina, fideos, azúcar y habilitar algún colchón para acercarlo a la comisaría, donde lo necesitaría algún vecino, casi siempre peronista, a veces radical, detenido "en prevención".
Sobre una banqueta, mate, yerbera, alguna galleta y el diario.
Ese octubre vino con buen tiempo, así que podíamos quedarnos junto a la huerta sin preocuparnos por el rocío.
Cada tanto, mi viejo iba hacia la casa para calentar un poco de agua. Casi al oscurecer mi vieja fue a preparar algunas cosas para la cena, pero volvió rápido, "no fuera cosa...".
Ya de noche, con un cielo oscuro pero estrellado, como sólo puede verse en Torres, una pequeña estrella apareció desplazándose entre otras. Recuerdo que nos tomamos las manos por un segundo. Estábamos viendo por primera vez en nuestras vidas al Sputnik.
No había ruido de avión, todo era silencio.  Para más seguridad: mi viejo esperaba el paso del satélite desde que lo anunciaran ese mismo día, por la radio.
Mi viejo no era científico, ni escribía ciencia ficción. Su sexto grado le dio para trabajar como pintor en los talleres de la Shell, cerca de Chacarita. De ese empleo se llevó tres cosas: el hígado arruinado para siempre por las pinturas a duco; la indemnización en bonos del empréstito "9 de julio", cartones que de tiempo en tiempo extendía sobre la mesa de la cocina, como tratando de entender. Y un gran orgullo por todo lo que los trabajadores podían hacer, desde los camiones que él pintaba hasta ese satélite.
Yo tenía siete años, ya leía Misterix y sabia, porque era su hijo, que la tierra es redonda, que el sol nunca desaparece sino que queda al otro lado y allí hay chinos, que algún día viajaremos fuera del planeta y alrededor, como Laica.
Después de aquel vinieron otros días de sillas al fondo, mate con galletitas y esperar la luz allá arriba. Por la ruta pasaron más caravanas verdes. Y hubo otros vecinos esperando por un colchón en la comisaría. Mis años de primaria, de juntarnos a leer El eternauta en el galpón, se dieron paso al ómnibus hacia la Normal. Un día tomé el tren como tantas veces lo había hecho para ver a mi hermano. Pero esa vez creía que me iba para siempre: si alguna vez volvía sería físico. O al menos ya tendría empleo y mi carrera no sería una carga para los viejos.
Y hubo empleo, universidad, compañeros, otros sueños y una noche supe en otro diario que mataron al Che, tanta pérdida.
Un día volví a tomar un cinzano con los viejos amigos a los que les suavizaba cuentos de cárcel y me ayudaban a viajar fuera del pueblo a escondidas, mientras esperaba el fin de la última dictadura. Otro día me fui. Otro se fueron mis viejos, a un lugar más poblado, a morirse de no ver nunca más el horizonte.
Vuelvo por un rato a esa tarde. Oscurece cálida, en familia, esperando el milagro de una luz que se eleva entre otras y pasa sobre nosotros hasta que ya no se ve, porque sabemos, estamos seguros que no ha desaparecido: simplemente está del otro lado de la Tierra. Aquella Tierra que es casi la misma de hoy aunque yo no.
El satélite que esperaré esta noche no es ruso. Hoy hay pocas esperanzas cuando uno dirige el pensamiento hacia aquellas tierras. Somos nosotros, hoy, nosotros los argentinos, quienes hacemos satélites y esperanzas. "Hace 10 años lanzábamos piedras, hoy lanzamos cohetes al espacio", dijo hoy la presidenta.
Nosotros, todos los argentinos que creemos todo que es posible, fabricamos un satélite que, 700 Km allá arriba, medirá salinidad en los mares. Y en algún paraje despertará para siempre a algún pibe cuando vea su luz circulando por el cielo.

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1 comentario:

  1. me ha emocionado compañero!
    viví casi las mismas cosas

    le dejo un abrazo

    Adal

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