Un pájaro en
actitud de levantar un vuelo imposible, por su tamaño y su torpeza. Por peso del
metal brillante extendiendo su brazo. La silueta del yuga se recortaba en la
pasarela. Emponchado, una frazada con un tajo en el centro le servía allí, para
cubrirse del frío de esa tarde. En el pasillo aún atronaba el parlante.
Ese año no tuve
visita.
Mis viejos llegaron
unos días antes a Resistencia, me enteraría un año después, tras juntar peso por
peso para bancar el costo de los pasajes.
En la entrada de la
cárcel de Villa Libertad les dirían: "está sancionado por inconducta. No
tiene visita". Traducido: 30 días de dormir en el piso en "los
chanchos", comer poco y salteado, baños de agua fría, caminar en círculo
por una celda de 3 x2. Tres veces hacia la izquierda, tres veces hacia la
derecha, para que rodillas y pies izquierdos y derechos tengan el mismo
esfuerzo. Recitar mientras camino a la derecha, cantar mientas camino a la
izquierda. Un poco para ejercitar la memoria y los afectos que viven en esos
versos, otro poco para sufrirlos menos.
Y el escozor en el
estómago que va cediendo con los días, hasta que sólo aparece cuando anticipo con
el pensamiento mi regreso al pabellón. Los abrazos de los compañeros, la leche
que fueron reuniendo para que recupere carne y kilos, para que me prepare para
el seguro próximo chancho.
La cárcel había
incorporado en aquellos días la política de los "movimientos
vivos". Un oficial, Brocaz, era el abanderado de la humillación y las
sanciones.
Durante años, nuestra
negativa a llevar las manos atrás, a fijar la mirada en el piso, a cumplir órdenes
como "cuerpo a tierra", "salto de rana" o "abra el
libro" era un límite de dignidad que no habíamos cedido. Tras los
asesinatos de Margarita Belén ese límite podía parecer una nimiedad, pero era
sin embargo una señal de resistencia. “Somos presos políticos. Mientras los yugas
vean eso, lo poco que podemos aportar desde acá estará cumplido. Cueste lo que
cueste”.
Días enteros de
discutir esto celda a celda, pabellón a pabellón. Y las idas a los chanchos se
fueron sucediendo sin que esa señal de dignidad desaparezca.
Ya entrados en el
otoño del '78, un nuevo debate se instala de celda a celda, de pabellón a
pabellón: "¿Qué posición tener ante el Mundial? "
Con lo poco que nos
llegaba por alguna visita y luego circulaba de ventana a ventana, desde manos
cada día más rápidas transmitiendo el mensaje “de afuera” a las miradas también
más perceptivas, los presos de Villa Libertad armábamos algo parecido al
devenir de las sombras en la pared de la caverna de Platón: una referencia,
algo que nos ordenara la vida colectiva, algo a lo que atar nuestros recuerdos y
el día a día de cada prisionero.
No debía ser necesariamente
algo bueno, ni siquiera debía ser esperanzador. Bastaba con que el juego de
siluetas tuviera su lógica y trazas de los sueños e ilusiones que los genocidas
vinieron a aniquilar con nuestras carnes. "No van a salir muertos. No
queremos mártires, héroes. Uds. van a salir idiotas o tullidos. No van a ser
ejemplo sino a dar lástima, vergüenza". Me decía Brocaz una noche de
apaleada y negativa en los chanchos.
Nuestro mundo y el
de ellos.
El Mundial vino a
romper esa sencilla y profunda diferencia.
De un lado la
dictadura, los secuestros y asesinatos de Estado, la entrega de soberanía, los
campos de concentración, los muertos de todos y cada uno, el reino de la
perversión.
Del otro, el bien
colectivo, bañado en dolor y sangre.
Y desde algún lugar
la felicidad, esa fugacidad necesaria, indispensable, que no cede, que reclama
ser hasta por fuera de cualquier lógica.
Ahí estábamos. En
cada pabellón de Villa Libertad, divididos por el Mundial.
“Es propaganda a la
Dictadura, humo para tapar los asesinatos, para ocultar el oprobio, la entrega.
Es una afrente a nuestros caídos, a nuestra historia de resistencia.” Y era
cierto, lo es.
“Es una necesidad. No
importa para qué sea, cuando nuestro pueblo se junta la consecuencia es su
resistencia. Aquello que se viene ocultando va a salir a superficie. Por la
actitud de algunas delegaciones, por la venida de la CIDH, porque nuestros
familiares van a poder moverse menos expuestos dada la mirada del mundo puesta
en Argentina”. Y era tan cierto en esos
días como lo es hoy.
Para colmo, un día
un sonido atravesó los pasillos de los pabellones y a cada celda y a todos los
presos llegó el relato siniestro de Muñoz. No recuerdo qué partido era, pero sí
aquello de demostrar que éramos derechos y humanos, que la Argentina era una
tierra de paz y de fair play.
Partido a partido
aumentaba la división y no.
Los pocos momentos en
los que podíamos juntarnos en las mesas de los pasillos, un rato a la tarde
para tomar mate con un agua inexplicablemente caliente saliendo de algunos
termos salvados de las requisas, ya no seguíamos discutiendo para no
agredirnos, pero el Mundial avanzaba y las miradas, animosas y culpables de un lado,
resentidas y serias de otro, identificaban el sentir de cada quién.
No recuerdo qué
comimos al mediodía del 25 de junio de 1978. Tal vez surubí. Los trozos dorados,
uno por cada preso del pabellón, la grasa aún derretida que los compañeros de
fajina dejarían, al terminar el reparto, en los pequeños recipientes que los “fogoneros”
manteníamos sustraídos a las requisas. Era el combustible con que calentábamos
el agua tras una requisa del ’77 que se llevó todos los calentadores y los
fósforos, pero nos dejó las pavas. Una provocación entre tantas.
Yesca, chispero, el
olor a pescado quemado recorriendo la tarde y el mate compartido. Contra las y
los presos, desaparecidos, asesinados, el dolor y el temor en cada casa, cada
fábrica, en cada oficina, cada escuela, cada barrio. Esa era la correlación de
fuerzas y esas eran las posibilidades de cada parte. Y la felicidad reclamando
espacio.
Pero esa tarde, la
de la Final, no salimos ni hubo mate compartido.
Muñoz avanzaba con
Kempes y retrocedía con cada ataque holandés. Y yo agradeciendo que
compartía la celda con “Jaines” (Hines), tucumano y del grupo de quienes
deseaban la derrota de la selección. Pero Él, en una suerte de transversalidad,
estaba de nuestro lado: ¡hay que ganar!
Pasa cuando uno
siente desde dentro de un sentir que sabe colectivo: la emoción lo invade todo,
nada la contradice, de los detalles de momento queda sólo aquello que la
alimenta. El resto desaparece.
La celda, el pájaro
monstruoso en la pasarela, el metal de los barrotes que nos separan y del FAL
en sus manos viven por esos minutos en un once contra once, con más de 70000
espectadores que los rodean, en un rectángulo de 105 x 70 metros. Bertoni
completa en el minuto 116 lo hecho por Kempes en el primer tiempo y en el
suplementario y la explosión en los pabellones a cada gol de la Selección indica
que algo fue cambiando, que ya son pocos y habrá que hacer mucho para que su
dolor decaiga, los presos que quisieran el triunfo naranja.

Pero
la Argentina de esos años era un espejo negro. Ni el menor logro llegaba sin
zozobra, temor, dolor y sufrimiento. Así que ni el tres a uno a favor de la
Selección parece definitivo y el festejo es aún contenido hasta que Muñoz, ese
antecedente indigno de lo que son la mayoría de quienes viven del fútbol sin
jugar ni al metegol, dice que el partido ha terminado, que somos campeones. Y
los golpes de casi todos los presos de Villa Libertad contra las puertas de las
celdas y las mesas de metal se juntan en un sonido que en las rejas de nuestra
ventana es roto por la ráfaga del FAL que sale a fogonazos desde el pájaro emponchado
hacia el cielo de Resistencia e instala por un segundo aquellos
versos de Urondo, escritos en el 73, en la
cárcel de Villa Devoto: “Del otro lado de la reja está la realidad, de este
lado de la reja también está la realidad; la única irreal es la reja”. Fueron
segundos, un instante.
A veces resurge
la discusión sobre aquellos días, sobre el Mundial, la dictadura, el genocidio,
la memoria o desmemoria, la dignidad, el dolor, la esperanza.
Los pueblos tienen
otros tiempos y procesos que cada uno de sus miembros. Tengo para mí que ese
Mundial y ese resultado dejó muchos caminos bifurcados, pero me quedo con el
que elegí en aquel momento, tal vez algo influido por lo paradójico de estar
presos en un barrio que aún se llama Villa
Libertad, en una ciudad
capital que se llama Resistencia.
Esos jugadores, a los
que alentamos sin que nuestras voces lleguen más allá de los muros de la cárcel,
tenían que demostrar y lo hicieron que a pesar de todos los pesares nuestro
pueblo no estaba tan de rodillas como para perder un mundial en nuestra tierra.
Aunque la injusticia reinara sobre ella.
Una raya de
dignidad quedaba dibujada.